Casi se me pasa el mes y todavía no tengo el deseo decidido. Así las cosas, lo voy a regalar. Puedes pedir el tuyo. Procura que sea de los que se cumplen, no quisiera que se rompiese la racha de buena suerte.
tiempo de naranjas

En la biblioteca de la ciudad he encontrado un curioso librito, de difusión, presumo, muy restringida, que bajo el grandilocuente título NARANJAS, el arte de prepararlas y comerlas, esconde no sólo unas antiguas y supongo que deliciosas recetas, sino también un prólogo del Dr. Gregorio Marañón que no tiene desperdicio y del que entresaco algunos fragmentos.

Quien como yo achaca buena parte de su entusiasmo por la vida a la gran cantidad de naranjas que come, ha de aprovechar con gusto toda ocasión de hacer un elogio de la admirable fruta, cuyo prestigio se simboliza en el hecho de representar en la mente del pueblo lo más excelso de la vida, esto es, la fusión de la mujer y el hombre, medias naranjas que eternamente buscan su otra mitad y que, a veces, hasta ocurre que la encuentran. No obedece sin duda a un capricho, el que la sabiduría popular haya escogido para el mito a esta fruta y no a ninguna otra, y que por ello llamemos a nuestra mujer la media naranja, y no la media manzana o la media pera o cualquier otro producto natural, menos digno que el que estamos alabando de ser comparado con el hechizo de la feminidad elegida y lograda. De azahar es asimismo la flor que simboliza la virginidad, casi fecunda, de la recién casada.

Se ha hablado mucho de la trascendencia de la cocina, foco angular del hogar, en la estructura de la familia. La familia tiene, en efecto, como una de sus expresiones típicas, la reunión en torno del hogar, mientras humean peroles y cazuelas; y acaban ambas palabras, familia y hogar, por representar la misma cosa. La mujer está ocupada en preparar los alimentos para el varón que llega cansado de su lucha contra el medio. La autora de la minuta concienzuda y suculenta, solo disfruta, en cambio, como de paso, de ella. Guisa para el hombre.

Todo esto tiene que desaparecer. Caerán por razones de economía de dinero y de tiempo la costumbre de las comidas solemnes y sin objeto. Los hombres se seguirán reuniendo a comer para celebrar sucesos gratos o para proyectar empresas futuras, porque el nimbo de anestesia confiada e indulgente que rodea la digestión es la atmósfera en que crecen mejor los buenos recuerdos y las enérgicas esperanzas. El banquete propiamente dicho, subsistirá, pues, a pesar de la incomprensión con que se le ha combatido y ridiculizado. Lo que morirá es la comida engolada, como ceremonia habitual, con escotes y pecheras, tal como se practica a diario en las casa poderosas y los grandes hoteles. Y al cabo desaparecerá también la minuciosa confección del yantar popular o burgués; porque las cocineras a sueldo serán antes de muchos años tan raras como la jirafa; y las esposas no podrán, ocupadas en menesteres menos triviales, dedicar a la confección de cada comida más de unos minutos; y ellos con la cabeza alejada de la atenta minuciosidad que hoy requiere el arte culinario, hecho de elementos empíricos y por lo tanto absorbentes, subjetivos y sin medida ni reglamentación cronológica.
No morirá por ello, como algunos anuncian, la familia.
Seguramente, no.
Esa familia futura, sin reunión en torno de la mesa enmantelada aguardando el desfile de platos y más platos complicados, se nutrirá en gran parte de fruta, comida sin ceremonias y a ser posible al aire libre. Y entre la fruta ocupará siempre un lugar eminente la naranja, en la que se reúnen la eficacia con el deleite de los sentidos en proporción tan ponderada como en pocas de las obras del Creador.


Y comienza el desfile de recetas confeccionadas con naranjas recopiladas por Post-Thebussem con UN BUEN CONSEJO:

Pocas frutas, como la naranja, se prestan para que una dama hacendosa, una madre cuidadora de que sus familiares encuentren en la mesa un honesto placer cada día, un cocinero o cocinera orgullosos de su profesión, puedan dar variedad al delicioso momento final de las comidas.

Embelesada con tanta sabiduría popular, no pude resistir la tentación de copiar una de las recetas, que me llamó la atención no por los ingredientes, sino por el bonito nombre que le habían puesto. Hoy, preparamos naranjas a la parisiense para el postre. Bon apetit.


El acto de escribir tiene una función, resulta eficaz, sólo si permite expresar la propia interioridad.
Italo Calvino.


Hay cuerpos que detectan el viento de poniente antes de que llegue. El mío es uno de ellos. Me suele cortar la respiración. Algunas veces confundo los síntomas con un ataque de ansiedad, pero, tarde o temprano, el poniente acaba apareciendo. Todo empieza con una extraña sed, que no llegas a saciar por mucha agua que bebas. Continúa con esa rara sensación de que el aire, en algunas inspiraciones, no llega a los pulmones. Por mucho que abras la boca, por mucho que te empeñes en empujar el aire hacia adentro, se queda en algún rincón desde el que no llega a cumplir su función. Y así debe ser, porque esa insuficiencia de oxígeno va acompañada de ligeros mareos, algo parecido al vértigo, sin llegar a serlo del todo. Luego vienen los estornudos, la sequedad de las fosas nasales, de la garganta, de la boca, de los labios…

Después de varias horas de respiraciones entrecortadas e insuficientes, muy insuficientes, agradeces esas pocas veces en las que se logra completar el proceso, cuando notas cómo entra el aire en los pulmones, aunque duela. La cabeza se va cargando, los ojos se enrojecen, las molestias aumentan y te sientes vulnerable, muy vulnerable. Es entonces cuando aparecen las ganas de llorar, no sólo porque no te encuentras bien, sino porque sabes que mañana no estarás mejor. Y porque estás agotada. Y lloras. Y te metes en la cocina a pelar y cortar cebollas para que no te pregunten por qué estás llorando…

Intentas distraerte, pero no existe distracción. Sólo eres capaz de esperar cada nueva inspiración, intentando abrir todos los conductos, procurando alargar el intervalo hasta la próxima, encongiéndote al no conseguirlo, temblando, sintiendo frío y calor al mismo tiempo, chutándote demasiadas dosis de terbutalina y deseando fumarte un cigarrillo tras otro…

No, ya sé que no debería estar escribiendo esto…


Hoy quería hablar de indiferencia. Llevaba toda la mañana pensando en ello y casi, casi, tenía preparadas las palabras exactas para hacerlo. Una serie de circunstancias encadenadas, sin aparente relación entre ellas, (debería subrayar lo de ‘aparente’, pero no sé cómo hacerlo) me han dejado, sin embargo, impresionada, estupefacta, asombrada, en absoluto indiferente y, por supuesto, sin palabras. Así que posiblemente no era hoy el día.

Mañana puede que vuelva a intentarlo. Aunque lo cierto es que preferiría, en lugar de hablar de indiferencia, de ignorancia y de desprecio, poder hacerlo de las sensaciones (o sentimientos) que signifiquen, justo, lo contrario.


Me gusta tan poco la carne que procuro, al comprarla, que me la den casi a punto para ser cocinada, es decir, completamente limpia y cortada exactamente de la manera que voy a utilizarla, para tener que tocarla lo menos posible. Es así con toda la carne (poca, en realidad) que utilizo en la cocina. Excepto con el solomillo de cerdo. Este lo compro en una pieza, aunque, eso sí, bien limpio de grasa, y, antes de cortarlo de la manera que más me apetezca para el plato que se me ocurra preparar, lo meto un rato en el congelador. Al sacarlo, no del todo congelado, aunque sí lo suficiente como para conseguir una tajadas redonditas en cuanto le meta el cuchillo, me encanta tanto su textura como su color, y, por encima de todo, su manejabilidad. Al ser una carne suave, tierna y con un sabor, para mi gusto, exquisito, se puede preparar de mil maneras, pero yo suelo hacerlo con una salsita de nata, que es como mejor se lo come la nena. Es, además, un plato que jamás le preparan en el comedor del cole, así que esta vez me libro de las comparaciones que, como todas, son odiosas.

Ayer, parados con el coche en un semáforo, veíamos cómo descargaban piezas de carne para un restaurante. Dejaron la puerta de la furgoneta abierta y se veía, colgando, un cerdo abierto en canal. La nena, ante el desagradable espectáculo, me aseguró que nunca más volvería a comer carne. Hasta que le dije que era de allí precisamente de donde se sacaba ese lomito con la salsa blanquita que tanto le gustaba. Se lo pensó un poco hasta que llegó a la conclusión de que, en ese caso, pero sólo en ese caso, valía la pena hacer una excepción.

Hoy, pues, solomillo con salsa de nata, como plato del día.

Demasiado tiempo sin flores.





La enredadera de la que cuelgan éstas, que florece entre septiembre y noviembre, y de la que tampoco sé el nombre, está colonizando todo el jardín. Esta foto, tomada en un descanso entre chaparrón y chaparrón, tiene el jazmín de fondo, lugar hasta el que nunca antes habían llegado las ramas. Es agradable ver, entre el casi monocromático verde que nos rodea en otoño, pinceladas de ese rosa fuerte que se va extendiendo hacia casi todos los rincones.

noche de lluvia

Los viernes por la noche, aprovechando que mi cari suele salir a tomarse unas cervezas con los amigos, la nena y yo nos acostamos juntas, en la cama grande de mi cuarto. Es, como la llamamos nosotras, la noche de las chicas. Es agradable contar con su compañía y con la de los peluches que, todavía, duermen a diario con ella. Cuando yo me acuesto suele llevar ya horas durmiendo, pero, aun así, al notar el calorcillo de mi cuerpo al meterme debajo de las sábanas, sin abrir siquiera los ojos, me vuelve a dar las buenas noches, junto con un beso, aunque algunas veces, al estar a oscuras, y ella a su pesar, completamente dormida, ni siquiera acierta a dármelo en la cara. Lo normal es que, estando como estamos, a gusto, no nos despertemos hasta la mañana, cuando la luz entra ya en el cuarto. Excepto si, como esta noche pasada, se pone, de repente, a llover con esa fuerza a que aquí nos tienen acostumbrados los chubascos. En el silencio de la noche los sonidos tienden a magnificarse, por lo que, sobresaltadas, nos hemos despertado, a la vez y, aunque no sé muy bien qué nos hemos imaginado, entre sueños, que pudiera pasar, nos hemos levantado a asomarnos a la ventana. Llovía. Llovía fuerte. Después de meses y meses, llovía. Y nosotras, sorprendidas, porque no lo esperábamos, y porque nos gustaba el espectáculo, hemos tardado en volver a acostarnos.

Ayer ya tenía yo esa sensación de que se acababa, definitivamente, el verano. Hoy no puedo más que confirmarlo. Cuando llegan las lluvias en octubre, confiando en que no sea algo pasajero, porque sigue lloviendo, a ratos, con fuerza, es el momento de empezar a pensar en encender el fuego, en asar castañas, en poner el puchero a cocer, sembrar las hortalizas de invierno y pasar las tardes a cubierto. Y desear más noches de lluvia, para dormir, arrebujaditos, mecidos por el sonido del golpeteo del agua en el tejado, sea o no la noche de las chicas.


Esta mañana tenía frío en los pies. Ha vuelto a cambiar el color del cielo. A determinadas horas, suelo necesitar echar un pequeño chal por encima de mi escote y mis brazos todavía medio desnudos. Esta tarde tuve que cambiar mi banco de lectura favorito por otro en el que diera completamente el sol.

Creo que va siendo hora de que me quite la tobillera, último vestigio que queda por guardar de la temporada playera y cambie las sandalias por zapatitos cerrados. Parece que el verano, esta vez sí, ha llegado a su fin.


Desde que dejé de publicar en Algo se cuece es como si hubiera perdido las ganas de cocinar. A pesar de que no abandoné por cansancio, aunque pueda parecerlo, sino por razones totalmente ajenas a mi voluntad, la verdad es que un poco de pereza sí que me da meterme en la cocina últimamente. Fueron días muy intensos los que pasé allí, así que, quizá, el descanso, ahora, lo tenga bien merecido.

Otra de las razones de esa pequeña desgana ha sido también que, al haber dejado de investigar, caducada la obligación de hacerlo casi a diario, son pocas las ocasiones en las que encuentro alguna receta atractiva o que, al menos, llame mi atención. Aun así, me gustaría recuperar la rutina de la publicación diaria, no sólo porque sé que hay personas que siguen asomándose a ni una estrella, michelín en busca de actualizaciones, sino porque se me van a estropear los ingredientes que ya tenía preparados en la despensa y las imágenes corren el peligro de perder nitidez guardadas en los archivos. Así pues, me hago el propósito de, al menos, intentarlo, aunque sólo sea por recuperar esos aromas ahora ya casi olvidados y el gusto por la cocina casera, sana, ligera, sencilla y sin pretensiones.

Y como se me ha ocurrido de repente, es fiesta, no tengo nada preparado y estamos todavía en época de recolección, copio una que he rescatado de allí, porque hoy es un día tan bueno como otro para empezar a prepararlas. Aceitunas partidas para abrir el apetito.

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